Denpasar
Documento de aporte – Seminario de Denpasar: “Justicia, sostenibilidad y diversidad”

­Con el aumento dramático de la desigualdad en y entre los diferentes países, pero también debido a los movimientos y las protestas sociales en numerosas sociedades, así como los movimientos de huida y migración que van en aumento a nivel internacional, la cuestión social vuelve a estar en el centro del debate político en la sociedad. Una de las causas principales que provocan esta discusión es sin duda el alto nivel de desigualdad que existe actualmente. Con una reducción de la desigualdad se consigue más prosperidad económica y un mayor nivel de movilidad social, justicia intergeneracional, disminución de la pobreza, mejores oportunidades en cuanto a la salud y las condiciones de vida, más cohesión social y participación política. La lucha contra la desigualdad seguirá siendo una de las tareas clave en los próximos años ya que para la constitución futura del mundo y la cohesión de la sociedad será menos relevante si la globalización aumenta aún más el patrimonio de los ricos, sino bien al contrario, el factor fundamental será si logramos reducir las diferencias en cuanto a las oportunidades de participación en los ámbitos social, económico y cultural y si la contribución a solucionar los problemas medioambientales es compartida de forma justa por todos los actores implicados.

Sin embargo, las tendencias van claramente en otra dirección, como en el caso de la concentración del patrimonio, las diferencias de la renta de trabajo, la disociación entre el crecimiento económico sostenible y la prosperidad material, así como las grandes diferencias en los esfuerzos de adaptación a las consecuencias del cambio climático. También el Informe Global de Riesgos de 2014 del Foro Económico Mundial en Davos estima que las fuertes disparidades de ingresos causarán «un daño grave» en la próxima década en todo el mundo y considera que este es uno de los riesgos más probables. Parar y revertir la creciente tendencia de desigualdad es una tarea central de los próximos años.

La dimensión actual de la desigualdad

La desregulación de los mercados financieros y la globalización acelerada de los mercados de productos, de finanzas y de trabajo ha cambiado fuertemente la distribución de los ingresos y del patrimonio en los últimos treinta años a nivel mundial. Es cierto que las disparidades de ingresos entre países ricos y pobres han disminuido levemente en términos del PIB per cápita desde 2007 (después de un fuerte aumento entre 1980 y 2000) como consecuencia de las tazas de crecimiento altas en los países emergentes y de desarrollo y debido a la mayor demanda de materias primas en terceros mercados. Cabe constatar, sin embargo, que en la mayoría de estos países estas disparidades han aumentado y la tendencia al alza aún continúa. Muchos países, especialmente en Asia, están en un proceso de aproximación al nivel económico de Occidente, pero los que más se benefician de ello son las élites (el diez por ciento de arriba), y en menor medida también una nueva clase media, mientras que las ventajas para los que se encuentran en la parte inferior de la escala de ingresos son casi inexistentes. En el hemisferio norte la clase media está bajo presión debido a la fuerte concentración de la riqueza y los mercados laborales liberalizados. Por eso la desigualdad global que es la combinación de la desigualdad en y entre Estados, sigue aumentando.

El incremento de la desigualdad de ingresos es el resultado de varias tendencias interconectadas: Por un lado, en todo el mundo la distribución funcional de los ingresos entre la renta de trabajo y la renta de capital ha experimentado un cambio que va claramente en desventaja de los salarios. Por el otro, las diferencias en la renta de trabajo han aumentado, alcanzando a veces niveles dramáticos. Lo que vemos aquí es una combinación de cada vez más condiciones de empleo atípicas mientras que los ingresos en las juntas directivas se van multiplicando. Además, en muchos sitios el crecimiento económico está disociado de la prosperidad de grandes partes de la población, lo cual se debe entre otros factores a una asimetría de las relaciones comerciales. Muchos países, por ejemplo, apostaron por un modelo de crecimiento extractivo debido a la creciente demanda de materias primas y unas cadenas de creación de valor injustas. Es posible que este modelo haya aumentado el crecimiento económico a nivel nacional, pero el mismo no es para nado inclusivo. Además, las políticas fiscales y de transferencias sociales apenas o menos que antes reequilibran la distribución de los ingresos individuales determinada por los mercados. En muchos países se han reducido considerablemente los impuestos progresivos en las últimas décadas. Casi en todas partes el impuesto sobre la renta de capital es mucho menor que el impuesto sobre la renta de trabajo. Se ha creado toda una industria en torno a los grandes consorcios cuyo único fin es evitar impuestos (llamándolo eufemísticamente “optimización de impuestos”).

Más fuerte que la distribución desigual de los ingresos es la desigualdad del patrimonio. El estudio más reciente de Oxfam sobre la desigualdad muestra que a nivel global el lema del movimiento norteamericano Occupy Wall Street «Nosotros somos el 99 por ciento» ya no es ninguna exageración sino de hecho vivimos en una economía destinada a ese uno por ciento: El 1% de la población mundial posee más que el otro 99% juntos. Mientras que en 2014 las 80 personas más ricas en el mundo tuvieron un patrimonio igual al de la mitad más pobre de la humanidad, en 2015 estas personas fueron solamente 62, y parece que aún no hemos llegado al punto culminante de la desigualdad.

En vista de 400 millones de personas llamadas los «working poor» que a pesar de tener un trabajo viven en extrema pobreza, y dado el alto porcentaje de trabajos informales, especialmente en los países del sur, tres cuartos de la humanidad que viven sin protección social, violaciones masivas de los derechos de trabajadores y sindicalistas, vemos claramente que los mercados cada vez más desregulados o no regulados son factores que contribuyeron significativamente al actual nivel de desigualdad.

Una tarea principal que forma parte de la lucha contra la desigualdad es la lucha contra la desigualdad de género. Demasiado a menudo las mujeres y niñas se enfrentan a desventajas y discriminación. Esto se nota en todos los sectores de la sociedad, incluido el mercado laboral, la salud, la educación, la política, así como en el hogar cuando se trata de las tareas domésticas. El empoderamiento de las mujeres no es solamente importante para el desarrollo personal y la libertad de las mujeres, sino también es un factor clave para el desarrollo social y económico de los países en todo el mundo.

La desigualdad económica tiene graves efectos sociales: En primer lugar es un problema de normatividad de la justicia ya que se ha sobrepasado el límite de lo que la mayoría de la gente normalmente está dispuesta a aceptar como una remuneración justa o que refleja un rendimiento de trabajo real. Pero una distribución muy desigual de la renta y la riqueza también tiene efectos económicos, sociales y políticos muy concretos: Una fuerte y constante desigualdad es perjudicial para la prosperidad económica, además de ser la causa fundamental de muchos otros problemas sociales. La desigualdad consolida la estructura social existente de las relaciones de poder y de las oportunidades, impidiendo la movilidad social e intergeneracional y dificultando la lucha contra la pobreza. Además, amenaza la paz social y la estabilidad política, alienta el extremismo y a largo plazo va socavando la democracia. También en las llamadas democracias establecidas la desigualdad material creciente conduce al dominio de élites financieras potentes en la toma de decisiones. De esta manera el poder del pueblo se va convirtiendo e una plutocracia donde lo que reina es el dinero. Al mismo tiempo, la desigualdad aumenta una sensación entre las partes de la población con menores ingresos de haber sido abandonados, y así se crea un caldo de cultivo para el populismo y el extremismo en muchos lugares.

Otro efecto negativo del enorme crecimiento económico de los últimos 30 años es la explotación excesiva de los recursos naturales. Hoy en día, las presiones sobre el sistema terrestre causadas por las actividades antropogénicas han alcanzado un nivel en el que ya no se puede excluir que se produzcan cambios bruscos en la situación medioambiental global. En el fondo, este problema también está relacionado con las cuestiones de justicia global porque las cargas y los riesgos que son el resultado de la contaminación del medio ambiente y del cambio climático están distribuidos dentro de las sociedades y entre los diferentes países de forma muy desigual. Evidentemente es injusto que aquellos países que menos contribuyeron al cambio climático y a menudo disponen de pocas capacidades de adaptación sean los países más afectados. Muchos países del sur global, y en primer lugar los Estados insulares y los países menos desarrollados, sufren fuertemente por los efectos de fenómenos meteorológicos extremos, la subida del nivel del mar y la amenaza para su seguridad alimentaria a causa de sequías, inundaciones o fuertes tempestades. Para ellos, el cambio climático ya es una catástrofe real y una amenaza existencial hoy en día. Aquellos países que principalmente causaron los problemas ecológicos de hoy con sus comportamientos de consumo y sus modelos económicos de crecimiento no sostenibles y basados en la utilización masiva de recursos, son los que hasta hoy sufren menos de esas consecuencias y a menudo tienen la posibilidad de minimizar sus riesgos, por ejemplo mediante amplios sistemas de seguro y el empleo de tecnologías avanzadas.

Justamente en los tiempos de la globalización, de rápidas transformaciones sociales, la pérdida de tradiciones y una industria mediática y cultural bajo la presión de los medios dominantes y el capital, la protección y conservación de las raíces culturales es algo imprescindible ya que esas raíces son la base de la identidad cultural de las generaciones actuales y futuras. Para aumentar el interés en la riqueza cultural dentro de la sociedad y promover una comprensión diferenciada de la cultura, es necesario, además de invertir en infraestructura cultural y educación, reflexionar más profundamente sobre el legado cultural. En este sentido, los países no solamente se enfrentan al desafío de conservar el legado cultural material e inmaterial pasado de generación a generación en los ámbitos del arte, la música, el idioma o la arquitectura, sino también a la tarea de asegurar un acceso universal a estos bienes para toda la ciudadanía.

No obstante, la diversidad cultural, las artes, las ciencias culturales o la economía creativa no son sólo indispensables para la identidad, sino también para la justicia social y una democracia viva ya que crean valores, dan orientación y brindan oportunidades de participación, así que cumplen la función de entretenimiento, pero también de un correctivo social. Por lo tanto, tareas clave de una agenda progresista son la creación de un entorno y condiciones generales favorables para el desarrollo de las artes, así como la garantía de oportunidades de participación en actividades culturales. Quien exige justicia debe fomentar de la misma manera la participación cultural y luchar contra la exclusión.

De ahí podemos concluir que el desarrollo humano en las próximas décadas (y a partir de 2050 para nueve mil millones de personas) debe ser más justo en el ámbito social y cultural, respetando al mismo tiempo los límites ecológicos del sistema terrestre.

Las tareas del futuro: Desarrollar políticas para combatir la desigualdad

La falta de transparencia de las instituciones sigue siendo un desafío enorme. Es nuestra obligación promover mecanismos de transparencia y de rendición de cuentas, además de establecer los instrumentos legales que permitan a los ciudadanos denunciar casos de corrupción. No debemos permitir la corrupción, la desviación de recursos públicos o el incumplimiento de las leyes en nuestros países.

La ALIANZA PROGRESISTA brinda la oportunidad de trabajar en una alianza fuerte de la familia política progresista, el movimiento sindical y los actores de la sociedad civil para llevar adelante los objetivos de esta agenda progresista.